Los seres que habitan las historias.

Los seres que habitan las historias. La construcción de personajes y el Yo.

por Gonzalo Bizama 

     Los personajes que habitan la historias son entes, seres fantásticos, provenientes de cualquier reino que aparecen y sustentan nuestras obras literarias, y digo de cualquier reino porque no hay que olvidar que existen infinidad de personajes procedentes del mundo animal, mineral u objetos, que han trascendido en la historia de la literatura. Como olvidar por ejemplo las fábulas de Esopo, de La Fontaine, la zorra y el cuervo, la liebre y la tortuga, la reina de corazones o la oruga azul, en Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll y tantas otras obras.

       El personaje constituye el centro de los textos de ficción, son las personas (del griego prosom; máscara de actor) sobre las cuales gira la historia y el argumento, y las que dan vida al desarrollo de la misma. De hecho es difícil imaginar una novela o un relato sin personajes, a pesar de que hay autores que si lo han intentado, como Joyce en el Finnegan´s Wake, un compendio de anécdotas, lenguas entremezcladas y disquisiciones varias. Incluso en la poesía siempre hay algún tipo de persona presente que es el propio narrador o un oyente imaginario. El personaje es siempre una construcción mental elaborado mediante el lenguaje y la imágen.

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      Lo que no debemos olvidar, los que estamos en esta actividad, es que lo que tenemos que lograr en nuestros textos es la Mímesis de la que hablaban los griegos, es decir la simulación, la imitación de los objetos y las situaciones reales. Aristóteles en su obra La Poética, sostenía que las obras literarias “copian a la realidad” de acuerso al principio de la verosimilitud. Lo que diferencia a la literatura poética o narrativa de la historia, es que la segunda narra las cosas que han sucedido y la narrativa las cosas que podrían suceder. Esto es lo que permite que lo verosímil pero irreal tenga cabida en la literatura. ¿Cómo se logra esto? Mediante la Catarsis, que no es otra cosa que la suspensión del juicio de realidad. La tragedia o el relato narrativo, al imitar acciones de personajes buenos que caen en desgracia, o sufren peripecias y contrariedades, lo que logra es la implicación emocional del lector o el espectador, quien a través de la compasión y el miedo se purifica interiormente. Ese estado de identificación y solidaridad especialmente con el personaje principal, héroe o heroína, es lo que debemos tratar de lograr, porque alguien que esté muy consciente de la irrealidad del relato difícilmente podría empatizar y aceptarlo como tal. Nuestros personajes tienen que ser creíbles y queribles, para empezar por nosotros mismos, porque es la única forma de que puedan trascender.

 Personajes Circulares y Lineales:

       En la narrativa se distinguen los personajes circulares y lineales. Los primeros están construidos con muchas características de personalidad y tienden a ser complejos. De alguna manera son más creíbles, se parecen a las personas reales, son contradictorias y poseen fortalezas y debilidades, grandezas y pequeñeces, pueden desarrollarse en el interior del relato, pueden crecer o decrecer ante las circunstancias. Tanto el protagonista como el antagonista o grupos de antagonistas (también llamados villanos) se construyen como personajes circulares. Estos últimos son aquellos con los que choca el protagonista para dar vida y cauce al conflicto narrativo.

        Los personajes lineales son más sencillos, tienen menos rasgos de personalidad o son más estereotipados, sirven sobre todo para sustentar la acción del protagonista.

       El escritor tiene la responsabilidad de diferenciar nítidamente en la historia, los personajes que necesitan un detalle acabado de sus rasgos, y quienes que con una breve descripción, basta para situarlos en su rol dentro de la narración.

      El primer elemento a considerar por el autor, es la acción que va a desarrollar en la historia y el peso que tendrá en la misma. El segundo paso es determinar las relaciones que existen entre el protagonista, los personajes secundarios y el o los antagonistas. En este momento surge el nombre del personaje, donde y cuando nació, su historia familiar, el nombre de sus padres si es que los tiene, donde vive y con quien, a que se dedica, cuál es su nacionalidad, su clase social, su estado de salud, enfermedades, tics, hábitos, muletillas, es diestro o zurdo, etc, etc.

           En Rayuela de Julio Cortázar, la protagonista es una mujer llamada Lucía, pero el autor la llama La Maga, lo que la dota de un aura de misterio que predispone al lector para aceptar el personaje con determinadas caracteríaticas de magia y sabiduría. El nombre es muy importante porque debe dar credibilidad y consistencia al protagonista. Nada impide que el personaje principal se llame por ejemplo, Juan Pérez, pero probablemente no impresione de modo muy favorable al lector. Lo mismo pasa con el antagonista o grupo de antagonistas, que no necesariamente deben ser intrínsicamente malos o perversos, pero se sitúan en la dimensión contraria a la del héroe, impidiéndole obtener su propósito.

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      Son muchas las teorías psicológicas que nos puede ayudar a construir la personalidad de un personaje, desde la teoría de los Cuatro Humores de Hipócrates, con sujetos sanguíneos, biliosos o flemáticos y que servía en la antigüedad para caracterizar personajes en las comedias de Plauto o Meandro,; la teoría Freudiana de la personalidad, que divide el aparato psíquico en el inconsciente, el pre- consciente y la conciencia, dando lugar a personalidades neuróticas, psicóticas y perversas, de acuerdo al predominio del ELLO, el Súper YO y el ELLO. O bien,  la teoría del somatotipo o Constitucional de Sheldon, que divide a los individuos de acuerdo a las tres capas germinales del desarrollo embrionario, El ectodermo, el endodermo, y el mesodermo, es decir, longilíneos, atléticos u obesos, donde  Don Quijote de La Mancha y su escudero Sancho Panza, podrían ser sus perfectos representantes; o la teoría Arquetípica de Jung (Arque, primero y tipo, sello) el primer sello, es decir las imágenes primordiales, ancestrales , que se relacionan con motivos universales, autónomos y se transmiten por un Inconsciente colectivo. Imágenes inmemoriales que son tan autónomas y comunes a todas las culturas, que son tan naturales al ser humano “como para las aves formar nidos”, en el decir del propio Jung. Es decir, si en nuestras obras aparece un Viejo Sabio, que representa al mago, al maestro, el psicopompo que ilumina nuestras vidas en la caótica oscuridad cotidiana, no estaría para nada alejado de la realidad. Lo mismo si aparece el Padre, la Madre, que simbolizan  la protección y la espiritualidad, y lo bondadoso, lo sustentador, la autoridad de lo femenino, lo insondable y lo secreto, respectivamente. Lo mismo pasaría si en nuestras obras se representa El Héroe (a tal punto que el protagonista se le llama de la misma forma – o heroína), es decir, aquel personaje que encarna la esencia y los mejores rasgos valorados en su cultura de origen, que muchas veces posee habilidades extraordinarias idealizadas, y que sale de su mundo cotidiano, y entra en un mundo mágico tras aceptar un gran desafío.

        O el Trikster, es decir el bufón, el loco, el tramposo, el pícaro, el embaucador, o sea el héroe negativo que con su simpleza y sus engaños logra mediante atajos lo que muchos héroes no logra a pesar de que todo lo hagan maravillosamente. Es decir arquetipos universales que son fácilmente reconocibles y que podrían vivir perfectamente en nuestros libros.

         Por último, también está la teoría Humanista Dialéctica de Fromm, que proviene del materialismo y propone que la sociedad y el individuo no son fuerzas opuestas sino que complementarias, y cada tipo de sociedad produce tipos específicos de personalidad ( Campesina, aristocrática, burguesa, moderna y socialismo humanitario) por lo que una orientación productiva, amorosa, razonable, con libertad reconocida y aceptada sólo puede darse en una sociedad de tipo comunitario.

     Pero sea cual sea la teoría de la personalidad  en que nos apoyemos para construir un personaje, nada sustituye a la experiencia personal, a la observación y como decía Chejov, al conocimiento “del alma humana”.  Nada puede sustituir a la Imaginación, como el gran espejo para unir experiencias, el puente para juntar experiencias propias y ajenas y construir nuevas historias y nuevos personajes.  Los personajes que habitan en un historia, son finalmente, una buena parte de nosotros mismos.

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