III CERTAMEN DE MICRORRELATOS 

Ofrecemos los dos microrrelatos premiados y finalistas del concurso de relato breve “ESCRÍBEME UNA FOTO”, en el que los participantes desarrollaron sus textos inspirándose en la imagen que adjuntamos. La entrega de premios se realizó el lunes, día 20 de abril de 2015, en el programa cultural y literario PALABRAS EN VUELO, organizado por la asociación Escritores de Rivas en colaboración con la Concejalía de Cultura y Fiestas.

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PRIMER PREMIO

Transparente, de Patricia Collazo

Lo único que quiero es ser transparente. Que cuando él abra la puerta de mi cuarto no me vea, y me llame a gritos y revise bajo la cama, en el armario, tras las cortinas, para comprobar que contra toda lógica, ya no estoy aquí.

Sé que vendrá en cuanto mi madre haya cerrado la puerta de calle. Por eso, cuando ella me da el beso de rigor antes de irse a trabajar, la miro suplicante y digo que me duele mucho la tripa.

Ella se preocupa como lo hace siempre, pero últimamente, ya no me cree. Me recomienda irme a dormir. Lo que necesitas es descansar, dice. Y se va, se le hace tarde.

Tengo poco tiempo, y en un destello, pienso que para ser transparente, bastará con traspasar el cristal. Con integrarme en su textura, en la sinfonía acompasada  de sus partículas.

Los conocidos pasos y la voz obscenamente melosa se acercan por el pasillo. Me impulso contra el ventanal que separa mi cuarto de la calle donde la vida transcurre nueve pisos por debajo.

Algunas esquirlas duelen, pero no tanto. Veo acercarse los focos, el asfalto, las copas de los árboles. Transparente, floto. Me dejo caer.

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SEGUNDO PREMIO

Ella en el espejo, de Álvaro Peraleda

Aunque era de una palidez casi transparente, jamás llegué a conocer ni su nombre. Cada día, me salía un rato a fumar al jardín y la veía en la misma posición. Mirando a ningún sitio. Pensando en algo, quizás. Y siempre con el mismo espejo. A veces llegué a pensar que era una especie de escudo para defenderse de mí. O del mundo. Mil veces la pregunté que qué hacía allí. Que quién era. La respuesta siempre fue silencio.

Al principio no le di importancia, pero los invitados que de vez en cuando visitaban mi casa comenzaron a hacerme preguntas. Que qué hacía ella allí. Que quién era. Ante la imposiblidad de responder preguntas que yo mismo le había hecho sin obtener respuesta, las dudas comenzaron a atormentar mis noches.

Transcurrieron así los años y, con ellos, la vida. Pero ella seguía allí. Hasta que, un día, decidí salir al jardín y planté mi marchita figura delante suya en un último intento desesperado. Fue justo en ese momento cuando me vi a mi mismo en el espejo. Y entonces, clavando la mirada en sus ojos asustados, lo comprendí. El espejo era parte de ella. Y yo estaba dentro del espejo.

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