Cien años de «Desolación»

EN LÍNEA RECTA, artículos de opinión de la Asociación Escritores en Rivas en la revista RIVAS ACTUAL.

https://www.rivasactual.com/cien-anos-de-desolacion/

Cien años de «Desolación»

Luis Quiñones

            Este año se cumplen cien desde la aparición de uno de los libros más importantes de la literatura en nuestra lengua. En 1922, en Nueva York, publica Gabriela Mistral su obra más celebrada, Desolación, gracias al impulso del crítico Federico de Onís que, desde la Universidad de Columbia, insta a la autora a reunir sus poemas y publicarlos, convirtiéndose, en palabras de Volodia Taitelboim, en «el libro capital de la poesía latinoamericana del siglo XX y uno de los más singularmente trágicos».

            Poeta errante, llamaron a Gabriela Mistral, escritora cosmopolita, que mantuvo vínculos con México y España y que además ejerció de maestra rural, de pedagoga y de diplomática. Vivió en Brasil, donde le acontece uno de los más trágicos sucesos de su existencia, el suicidio de un sobrino a quien había criado como a un hijo, y del que se cree que fue en verdad su propio hijo, fruto de una relación secreta con un amante italiano. Su vida sentimental ha sido objeto de inútiles y hueras polémicas: sus parejas, todas femeninas, quizás hayan colocado a la autora en una posición difícil de entender para sus coetáneos, por su doble condición de mujer y lesbiana. Al margen de eso, la autora se halla en territorios indefinidos, fuera de la vanguardia, por ejemplo, y alejada del último modernismo, lo que hace que su obra sea merecedora del Nobel en 1945, siendo la primera latinoamericana en recibirlo.

            Desolación es un ejemplo de poesía que transita por lugares insospechados ya en su época. Recurre a un lenguaje que hunde sus raíces en la mística, en un encuentro entre Dios, el hombre y la belleza, y que hace del verso  vehículo para la comunicación con Cristo: «Aquí me estoy, Señor, con la cara caída / sobre el polvo, parlándote un crepúsculo entero», escribe en el poema «El Ruego». El diálogo con Dios resulta de una concepción heterodoxa de este, que entronca con el humanismo de Machado y con el preexistencialismo de Unamuno, por encontrar dos paralelismos entre escritores más cercanos: «Cuerpo de mi Cristo / te miro pendiente / aún crucificado. / ¡Yo cantaré cuando / te hayan desclavado!». La alusión a lo que tiene de hombre, de hombre vivo, es parecida a la de la famosa «Saeta» machadiana, que canta al Jesús que camina.

            La naturaleza en su poesía es una reivindicación de la vida, íntima y femenina: «Esta alma de mujer viril y delicada, / dulce en la gravedad, severa en el amor…» es el comienzo de «Encina», poema incluido en la segunda parte de Desolación, dedicada a la escuela y al papel de la maestra, el de esa sombra protectora de los árboles. Y no los hay tan airados como ese hombre que esculpió Rodin, reflexivo y trágico: «(…) y no hay árbol torcido / del sol en la llanura (…) / crispado como este hombre que medita en la muerte».

            Su hondura y su voz sortean las fronteras que imponen los estudios académicos, en los que la nacionalidad nos hace perdernos en disquisiciones absurdas. Imprescindible su lectura en estos tiempos de ruido y griterío. Cómo no releer la obra de quien dejó escrito en su epitafio «lo que el alma hace por el cuerpo es lo que el artista hace por su pueblo»: poesía hasta en sus palabras últimas.

Luis Quiñones. Llicenciado en Filología Hispánica y profesor en Rivas-Vaciamadrid. Autor, entre otras, de la novela ‘Crónica del último invierno’, y del ensayo ‘La oveja negra que devoró el manual de literatura’.

http://www.luisquiñonescervantes.com/

 

¿Qué no es ciencia-ficción?

EL DESPERTAR DEL BÚHO

Sección de la revista COVIBAR en la que los miembros de Escritores en Rivas colaboran cada mes con sus escritos de literatura, arte, historia, ciencia y sociedad. El búho, como muchos escritores, es ave silenciosa que caza en la oscuridad. https://www.covibar.es/  Mes septiembre nº 309  Página: 35

¿QUÉ NO ES CIENCIA-FICCIÓN?

Miguel Arenas

¿Puede, hoy en día, una novela de ficción ser un «best-seller» si no destila por sus páginas sangre, violencia o terror? Yo me atrevería a decir que no. Además, si la llevamos al futuro y la dotamos de tintes distópicos, colocándole la etiqueta de «Ciencia-Ficción», seguro que aumenta la probabilidad de que sea un éxito de ventas. Incluso, podría acabar como guion de una serie para las plataformas televisivas.

Los seres humanos del presente necesitamos vislumbrar un futuro aterrador o alucinante. Como niños maleducados, justificamos nuestras pataletas en la maldad que emana de la ciencia y la tecnología. Así, nunca seremos responsables de nuestra propia autodestrucción porque la culpa será de los demás, en este caso de los científicos o tecnólogos.

Para mí, la Ciencia-Ficción consiste en utilizar adecuadamente una base científica para construir una narración futurista, que dé soporte a historias de aventuras, amor o cualquier otro género y se atreva a fantasear o teorizar sobre la vida en el futuro. Lo fundamental es que haga un uso justificado y razonado de los hechos científicos incluidos en ella. Estrictamente hablando, sería ciencia usada para la ficción.

Acorde con esta definición, los verdaderos exponentes de mi Ciencia-Ficción serían Julio Verne e Isaac Asimov. Sin embargo, para la mayoría de escritores y lectores actuales, Ciencia-Ficción y distopía deben ser sinónimos. Baste pensar que se califica a Fahrenheit 451 de Ray Bradbury ―escrita en 1953― o 1984 de George Orwell ―escrita en 1948― como los iconos de la Ciencia- Ficción moderna. Sin poner en duda la calidad literaria y el éxito de ambas, para mí carecen del cincuenta por ciento de la definición. En la primera de ellas, por ejemplo, si excluimos que 451 grados Fahrenheit es la temperatura a la que combustiona el papel, no hay más base científica en su desarrollo. Sí son, sin duda, excelentes ficciones futuristas que proyectan una sociedad antihumana y catastrófica, que deseo que ni yo ni mis descendientes tengamos la desgracia de padecer; aunque lo que nos está sucediendo en los últimos años parezca abocarnos, inevitablemente, a ese abismo que describían.

Lo mismo sería aplicable a todas las novelas de superhéroes, viajes intergalácticos o extraterrestres. En ellas, la ciencia es una excusa y no un conductor razonado y necesario de la trama. Es decir, invierten los papeles y hacen ficción de la ciencia.

No busco con esta reflexión generar una absurda polémica sobre la correcta aplicación del término Ciencia-Ficción. Lo que yo, impulsado por mi vocación científica y tecnológica, quiero reivindicar es el correcto uso del término ciencia en ese binomio. Es lícito, dentro de la ficción, tratar de usar a la ciencia como excusa para justificar la creación de escenarios catastróficos que hagan atractivas las tramas de las novelas futuristas, pero no lo es el afirmar que ese es el único destino futuro de la ciencia, ni para la vida real ni para las novelas.

La ciencia es neutra y será buena o mala para la humanidad dependiendo del uso o abuso que se haga de ella. Ya sé que hablar de un mundo idílico, conseguido gracias a las posibilidades que nos brinda la tecnología o la ciencia, no es atractivo para la audiencia ni para los medios de comunicación o los políticos. Ellos prefieren el caos, el alarmismo y crear una sociedad atemorizada que sucumba a sus dictaduras.

Demos a la ciencia lo que de la ciencia debe ser y hagamos ficción con lo que queramos, pero vigilemos lo que llamamos Ciencia-Ficción. No caigamos en la tentación de usarla solo para poner sangre y terror en nuestras distopías y ganar cuota de lectores.

 

MIGUEL ARENAS MARTÍN es licenciado en Ciencias Físicas y escritor. Autor de los libros Doble vida en el laberinto, La realidad que el espejo esconde y Culpa de sangre, entre otros. www.nosoyundinosaurio.es

 

Los límites de un Estado de Derecho

EN LÍNEA RECTA, artículos de opinión de la Asociación Escritores en Rivas en la revista RIVAS ACTUAL. https://www.rivasactual.com/los-limites-de-un-estado-de-derecho/

LOS LÍMITES DE UN ESTADO DE DERECHO

Elizabeth Cardona

 

John Godfrey Saxe, político y poeta fracasado de mediados del siglo XIX, nos dejó una frase subyugante: «Las leyes, como las salchichas, dejan de inspirar respeto a medida que sabes cómo están hechas». Las hay que sirven para legitimar una declaración de guerra y dotar de derechos a los vencedores sobre los vencidos. Los ciudadanos no ganan ni pierden una batalla patriótica: la pagan con su sangre, su vida, y el horror ante las atrocidades. Y la guerra no es más que una simple cuestión de avaricia y de ansia de poder de unos pocos a los que nunca se les ve en los campos de batalla. Es fácil comprobar que las grandes fortunas se han amasado gracias a la producción armamentística, y al generar una cantidad de dinero vergonzosa a sus empresarios, siempre habrá guerras.

Hannah Arendt publicó Eichmann en Jerusalén: un estudio acerca de la banalidad del mal, a propósito del juicio en 1961 contra el teniente coronel de las S.S., Adolf Eichmann, por su participación en los crímenes de los campos de exterminio nazis. En el juicio reconoció los hechos y los justificó diciendo que obedecía órdenes de sus superiores, aunque no los tuviera. Se sometió al juicio, sabiendo que iba a ser condenado a muerte, con un argumento banal: quería aliviar la carga de la conciencia de la juventud alemana ante el genocidio vivido, para que no se sintieran culpables de lo que habían hecho sus padres.  Antes de su entrada en el ejército alemán, fue un ciudadano modelo, pero, después de los crímenes cometidos, huyó y volvió a comportarse como un ciudadano normal. Simplemente sacó a su monstruo cuando las circunstancias fueron propicias. La pregunta es ¿cuántos monstruos hay en un ejército?

Los Estados están sometidos a las reglas de la guerra, con los Tratados Internacionales. Esas reglas son numerosas y han ido cambiando a lo largo del tiempo, pero tienden a prevenir los actos más salvajes cometidos por los miembros de un ejército. Como si la guerra, en sí misma, no fuera un acto de verdadera brutalidad.

La guerra ruso-ucraniana viene de lejos. En 2013 los ciudadanos ucranianos se manifestaron de forma pacífica contra la corrupción política. Fue reprimida por soldados y policías ucranianos de forma brutal, pero consiguieron su propósito y el presidente prorruso fue depuesto en el Parlamento. El documental Maïdan de Sergei Losnitza, realizado en 2014, nos deja imágenes estremecedoras de este levantamiento popular. Fue el inicio de una guerra. Ucrania atravesaba una grave crisis económica que se agravó cuando la región del Donestk, con grandes reservas de carbón, litio, manganeso y extensas áreas de cultivos, proclamó de forma unilateral su independencia como zona prorrusa. Ucrania mandó sus tropas a la región, donde el ejército ucraniano cometió verdaderas atrocidades. También tenemos las imágenes del conflicto en el documental Donbass de Anne Laure Bonnel de 2016, calcadas a las de la invasión rusa, del terror sufrido por los civiles.

La ONU, creada para la prevención de la guerra, poco puede hacer para el mantenimiento de la paz en el mundo, porque está supeditada al poder de los Estados de atacar o defenderse a través de las armas. Y todos los Estados, incluida cualquier tiranía o dictadura, se rigen por leyes que sus ciudadanos tienen que acatar, son Estados de Derecho, sin más límites que los que impongan sus gobernantes. Y no nos engañemos, la mayoría de ellos no tienen límite alguno en su avaricia y sus ansias de poder, que legitiman a través de normas jurídicas, aunque constituyan un suplicio para la inmensa mayoría.

Elizabeth Cardona es doctora en Derecho. Ha sido magistrada en la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional y Fiscal. Autora de El Jurado. Su tratamiento en el Derecho Procesal español, y la novela La conspiración de la inocencia

Los derechos humanos no se tocan

EN LÍNEA RECTA, artículos de opinión de la Asociación Escritores en Rivas en la revista RIVAS ACTUAL. https://www.rivasactual.com/los-derechos-humanos-no-se-tocan/

LOS DERECHOS HUMANOS NO SE TOCAN

 Cristina Gallardo

Han sido muchos los momentos importantes que hemos compartido como familia humana y que nos han distinguido como seres inteligentes: el control del fuego, el lenguaje y la escritura, el arte, la electricidad y las comunicaciones, la higiene, el descubrimiento de la penicilina y la insulina o, cuando pretendimos conquistar el espacio y nos sentimos tan poderosos que incluso dejamos, en representación de toda la humanidad, la simpática huella de una pisada en la Luna.

 Si recayese en mí señalar un único acto que nos defina como especie inteligente y sensible hasta podría poner una fecha: el 10 de diciembre de 1948, el día que se ratificó la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Siempre me viene a la mente la imagen de Eleanor Roosevelt sosteniendo orgullosa una Declaración que se gestó para dar respuesta a la barbarie experimentada por todos los pueblos del mundo durante la Segunda Guerra Mundial. Todos sus puntos son de enorme relevancia para la humanidad, pero, como sería muy extensa su enumeración, solo quiero hacer hincapié en que en su último artículo se recuerda al Estado que no puede suprimir ninguno de los derechos y libertades proclamados en ella.

Los dos años invertidos en su cuidada elaboración no fueron un camino de rosas, porque ni siquiera cuando el ser humano defiende al ser humano es capaz de ponerse de acuerdo. Ni todas las naciones estuvieron en sintonía en todos los puntos; sin embargo, a día de hoy existen unos derechos que nos protegen y a los que no deberíamos renunciar por un plato de lentejas. Hemos evolucionado mucho, sí, pero esos puntos aún no están impresos en nuestro ADN.

De todas formas, para nosotros esos derechos fundamentales no llegaron hasta más tarde, con la firma en 1978 de nuestra Constitución, que no es perfecta, que necesita más de un retoque y que nos encumbró a la categoría de ciudadanos del mundo, pues, al firmarla, integramos en nosotros todos aquellos derechos que ya llevaban circulando por el mundo treinta años.

Nuestras libertades descansan sobre un memorial de muertos cuyos rostros se han ido desvaneciendo en el tiempo. Honremos su memoria impidiendo que se sigan pisoteando nuestros derechos solo porque el miedo nos mantiene paralizados. Los gobernantes llevan años poniéndonos a prueba y saben cómo asustarnos, porque no todo son guerras que suceden a miles de kilómetros de casa. A veces el miedo se disfraza de tirano ruso o de militar chino, pero en otras ocasiones se esconde tras un pangolín, un murciélago o un niño que empuña un arma, y lo que es más aterrador, se oculta detrás de aquello que no es tangible, como la vejez en soledad, la pobreza y el desempleo.

Sí, ellos saben cómo asustarnos; por eso debemos mantenernos unidos. No olvidemos que los Derechos Humanos son como esa única pisada en la Luna: LA HUELLA QUE NOS REPRESENTA A TODOS.

CRISTINA GALLARDO. Escritora. Ha publicado las novelas Donde sueñan los almendros, De donde yo vengo… no hay gaviotas y La rebelión de los papamoscas.

https://lamiradademonalisa.com

 

Arte y Ciencia: una convivencia feliz

EL DESPERTAR DEL BÚHO

Sección de la revista COVIBAR en la que los miembros de Escritores en Rivas colaboran cada mes con sus escritos de literatura, arte, historia, ciencia y sociedad. El búho, como muchos escritores, es ave silenciosa que caza en la oscuridad. https://www.covibar.es/  Mes junio nº 308  Página: 32

ARTE Y CIENCIA: UNA CONVIVENCIA FELIZ

Luis Vega Domingo

Palas Atenea, diosa de las ciencias, discutía con Apolo, dios de las artes: «¿Tú crees que tenemos que elegir entre arte y ciencia?».

«Pues a mí me parece que no es necesario elegir, yo creo que arte y ciencia se superponen en muchos aspectos, comenzando con la noción de que ambas son expresiones del ser humano. Hace poco leí un cuento de… no me acuerdo, pero el libro se titulaba Estrellas que cambian su brillo en el tiempo. Un paseo por los espacios reales más allá de nuestra imaginación. Exponía que la creatividad, racionalidad y el uso de símbolos son parte constitutiva del arte, donde se conjugan asombro, belleza, orden, equilibrio, impacto y sentido».

Entonces a Atenea se le abrió el cielo y, de carrerilla, inició la exposición de su opinión y contó que el arte y la ciencia siempre han sido parte de su vida. Desde sus juegos, y desde lo que ella denomina su «oficina» –una imagen surrealista de una orilla de playa– surgen las formas y colores de sus objetos de estudio que se prolongan hacia otro estado. Un nuevo estado que deja de lado la objetividad y la medición y se rige por otros códigos: las líneas, la geometría y formas de una ilustración, un grabado o los volúmenes de una pieza de cerámica.

 La ilustración científica fue durante muchos años, antes de la invención de la fotografía, la única forma de describir, conocer y difundir los hallazgos de las distintas especies. Sin embargo, a pesar de los avances tecnológicos y nuestra cada vez más enfermiza adicción a la inmediatez, es una disciplina que sigue atrayendo a más y más personas.

Según caminaban, y ante el fervor de su conversación, se fueron uniendo varias deidades y, como no podía ser de otra manera, se inició el turno de los asistentes. Surgieron opiniones diversas, siendo una de las que tomó más fuerza la responsabilidad del actual sistema educativo, que intenta separar lo que, por naturaleza, viene unido: el arte y la ciencia.

Tener que escoger a muy temprana edad el camino «humanista» o el «científico» va encaminándonos hacia un mundo de conocimientos y competencias, pero alejándonos del otro. La creación y la curiosidad son aspectos inherentes en el ser humano, y en la búsqueda de responder a las preguntas que nos surgen no hay una sola respuesta, ni siquiera existe una sola forma de encontrar esas respuestas. La Ciencia y el Arte son solo dos de esas formas.

¿Seríamos capaces de encontrar ciencia en el castillo embrujado, en el bosque sin fin, dentro de la casa de chocolate, en el espejo mágico o en el tallo de judías?

«Sí», contestó Apolo, porque, a través del tradicional Érase una vez…», nos adentramos en conceptos científicos implícitos como, por ejemplo, en algunos de los cuentos más populares: Cenicienta, Caperucita Roja, el Lobo Feroz, Alicia o los cuarenta ladrones…Estos personajes saltan de los libros para contarnos todo acerca de la ciencia, y así poder diseñar multitud de módulos interactivos.

Si nos animamos, montemos una exposición con diez «libros» gigantes organizados alrededor de un bosque lleno de sorpresas donde se puedan explorar y escuchar los cuentos tradicionales. De esta manera, podremos descubrir los secretos del cacao en una fábrica de chocolate, enseñar a un desobediente Pinocho, construir la casa de los tres cerditos y ver si resiste el soplido del lobo, descifrar el código para entrar en la cueva de los cuarenta ladrones o visitar una habitación donde creces y encoges.

LUIS VEGA es ingeniero aeronáutico, escritor y grabador. Presidente de AMAL. Autor de las novelas Cazadores de Sombras y el Asesino de la memoria, entre otras.

www.elsolrevista.com

www.ateosenmadrid.es

 

 

 

Cultura y sociedad: otra vuelta de tuerca

EN LÍNEA RECTA, artículos de opinión de la Asociación Escritores en Rivas en la revista RIVAS ACTUAL. https://www.rivasactual.com/cultura-y-sociedad-otra-vuelta-de-tuerca/

CULTURA Y SOCIEDAD: OTRA VUELTA DE TUERCA

Antonio Daganzo

Antes de que me decidiera a transformarlo en libro, Clásicos a contratiempo fue un espacio, fijo desde 1996 hasta 2008, en la parrilla de programación de la extinta Radio Rivas. Con el cambio de siglo y de milenio lo dirigí y presenté en solitario, y aquella experiencia, la de difundir los tesoros de la música clásica partiendo de un ámbito muy concreto aunque expansivo, el de una joven ciudad en crecimiento con la populosa periferia madrileña por marco, me hizo tomar conciencia, desde muy pronto, de las posibilidades que los comunicadores tenemos para divulgar las conquistas y los valores de la excelencia en la sociedad; dicho de otra manera, de las posibilidades con las que contamos para socializar el conocimiento, lo hermoso y lo excelente. Y desde muy pronto comprendí, pues, que esa tarea de socialización se oponía y se opone a cualquier trasnochada noción recalcitrante de elitismo.

Bajo ninguna circunstancia el elitismo puede convertirse hoy en una suerte de  engreído altavoz desde el cual pontificar acerca del envilecimiento de la cultura de masas. Lo que otrora quizá tuviera visos de legitimidad intelectual, hoy ya no engaña a nadie: no son las masas las que empobrecen el discurso cultural de un país, de un continente, del orbe todo; es el capital o, mejor dicho, lo que decide hacerse con el capital. El prisma bajo el cual lo colocamos. Así, paradójicamente, el agente empobrecedor de la cultura es la desregulación económica rampante que venimos sufriendo desde hace ya largas décadas. Lo que el capital desatado, sirviéndose de las masas, viene llevando a efecto, y está dispuesto a seguir poniendo en práctica, para perpetuar y aumentar sus injusticias, y blindar sus privilegios más aún. La crisis sanitaria que padecemos ha venido a demostrarnos, con crudeza formidable, hasta dónde este modelo pernicioso, basado en el consumo a ultranza, las dinámicas propias de la gran empresa, la competitividad y la falta de empatía con el débil, está dispuesto a llegar en su lucha contra la economía social de mercado, contra los consensos establecidos en torno al estado del bienestar, contra los valores más profundos y perdurables del humanismo; valores, en realidad, tan frágiles si se opta por darlos maquinalmente por sabidos, como las enseñanzas de un libro viejo. Este modelo supranacional es la mayor amenaza a la que se enfrenta la sociedad de hoy, al extremo de poner en riesgo la supervivencia del planeta. Y no resulta casual que los elitistas de hogaño sean los sucesores intelectuales de quienes, ayer, se inhibieron de realizar una crítica seria de la paulatina implantación y desarrollo de dinámicas industriales en todos los órdenes. Desde luego, lamentar una democratización de los placeres, y cifrar en tal circunstancia la justificación de un desmoronamiento colectivo de índole moral e intelectual, es cualquier cosa menos una crítica seria.

Muy al contrario, deberíamos volver la vista al concepto de “industria cultural”, tan hábilmente planteado por la Escuela de Frankfurt en el segundo cuarto del siglo XX, para estudiar sus derivaciones actuales. Porque ello permite entender, de manera inequívoca, cuán fácil resulta hacer dinero, incontable dinero, con productos culturales concebidos para el consumo veloz y el disfrute simple; porque ello nos recuerda un compromiso con la ética más elemental: las personas no están en el mundo para que unos cuantos listillos se enriquezcan obscenamente a su costa. Más allá de la tiranía del consumo a ultranza, amplias capas sociales, con mucha sed de la mejor cultura, están esperando lo hermoso y lo excelente. Por experiencia lo sé.

 

ANTONIO DAGANZO es poeta, narrador, periodista y divulgador cultural y musical. Autor de las novelas La sangre Música y Pasos de centinela, entre otras. Premio de Narrativa «Miguel Delibes»- 2018 por su novela Carrión.

La casa de los siete balcones

EL DESPERTAR DEL BÚHO, sección en la revista COVIBAR en la que los miembros de Escritores en Rivas colaboran cada mes con sus escritos de literatura, arte, historia, ciencia y sociedad. https://www.covibar.es/  Mes mayo nº 307  Página: 29

LA CASA DE LOS SIETE BALCONES

Jesús Jiménez Reinaldo

Escribo estas líneas a finales de marzo, cuando falta un día para el Día del Teatro y pasan dos del fallecimiento de María Fernanda D´Ocón, una de las intérpretes más relevantes de nuestra escena desde su debut en «Lo invisible» de Azorín en 1954. Fue primera actriz durante una década en el Teatro Nacional María Guerrero, donde creó el más inolvidable de sus personajes: la Benina de «Misericordia» de Benito Pérez Galdós, que dirigió en 1972 el añorado José Luis Alonso. Perteneciente a esa clase de actores que anteponían el teatro al cine y la televisión, su carrera tal vez no haya sido de las más populares y quizá también por eso su muerte haya pasado bastante desapercibida para una masa social que desgraciadamente está más pendiente de la guerra en Ucrania, los precios de los combustibles y la carestía de la vida a causa de una inflación galopante.

Si de pequeño la pude ver muchas veces, como tantos otros de mi generación, en aquel programa de Televisión Española, «Estudio 1», que tanto difundió la cultura entre el pueblo, después tuve la fortuna de disfrutarla sobre las tablas en obras en las que sorprendía que aquella mujer, tan pequeña y frágil, cuya cara dramática transmitía por sí misma ternura y determinación infinitas, se pudiera convertir en una intérprete de tanto carisma y tantos recursos.

En el año 2004, conmemorando el centenario del nacimiento de Alejandro Casona, el Centro Cultural de la Villa de Madrid programó una función muy poco representada titulada «La casa de los siete balcones», cuya dirección recayó en Ángel F. Montesinos y cuya protagonista, Genoveva, bordó una vez más nuestra actriz. En ese mundo rural de finales del XIX, del que ya tan poco va quedando mientras se vierte su población en urbes cada vez más insostenibles, se libra una batalla cruel entre la realidad y la fantasía: dinero, ambición, maldad…, se oponen a la ilusión, al amor y a la esperanza que laten en el corazón de Genoveva, la cual no está dispuesta a renunciar al sueño de que su enamorado regrese de América, tal y como le prometió al marcharse hace ya muchos años.

Casona, con esta Genoveva, se suma a la larga tradición de dramaturgos que han tratado el tema de la mujer fiel que se queda a la espera del regreso de su prometido cuando éste marcha, generalmente a América, para hacer fortuna, aunque las más de las veces ya nunca vuelva. Las protagonistas de estos dramas, a veces tratados con cierta distancia e incluso con algo de ironía, reflejan perfectamente el papel que la sociedad otorgaba a aquellas mujeres: destinadas a casarse, sin iniciativa social, sólo podían liberarse del fracaso mediante el matrimonio. Pero, mientras mantuvieran esa esperanza, su vida no habría sido en vano.

Ese dolor y esa esperanza laten también en doña Rosita («Doña Rosita la soltera» de Federico García Lorca), en la señorita Adelaida («La vieja señorita del paraíso» de Antonio Gala), en Dorotea («La bella Dorotea» de Miguel Mihura) y en muchas que no puedo detallar aquí, pero que son muestras de una época ya definitivamente ida y que en el teatro nos llevarían indefectiblemente a recordar a otras grandes actrices como Margarita Xirgu, Mary Carrillo o Maite Blasco.

En la primavera de 2018 visité Besullo, el hermoso pueblo astur en el que nació Casona, y me sorprendió su casa natal, hoy en ruinas, conocida allí como “la casa de los siete balcones”, lo que me pareció y me parece el símbolo de una España que vamos dejando atrás pero a la que le seguimos debiendo respeto y memoria.

 

JESÚS JIMÉNEZ REINALDO, licenciado en Filología Hispánica, poeta y articulista es autor de los libros de poesía La mística del fracaso y Los útiles del alquimista, entre otros.

http://cristalesrotoseneleden.blogspot.com.es/

ARS GRATIA ARTIS

EN LÍNEA RECTA, artículos de opinión de la Asociación Escritores en Rivas en la revista RIVAS ACTUAL. https://www.rivasactual.com/ars-gratia-artis/

ARS GRATIA ARTIS

 Rafael Ubal

El título de este artículo está calcado de una clásica expresión latina que puede ser traducida como el arte por el arte, aunque también se puede traducir e interpretar más libremente como arte puro o arte desinteresado. Resulta ser ésta una expresión bastante rica y compleja en el mundo del arte que ha sido usada como lema por distintos movimientos artísticos.

Con respecto al título que encabeza y contextualiza este escrito, queremos transmitir el siguiente mensaje: Mientras que las artes útiles, en general, tienen como finalidad propia el servir para producir o adquirir otros bienes o servicios distintos a ellas mismas, las artes puras no tienen como finalidad algo subordinado a otra cosa distinta de ellas mismas.

Pues bien, sírvanos esta breve explicación como introducción al desarrollo del tema que queremos exponer y sobre el que, al final, sugeriremos una de las posibles conclusiones a las que, según nuestro criterio, cabrá lógicamente arribar sin menoscabo de aquellos otros corolarios que por sí mismos obtengan quienes sometan este artículo a su consideración. Y ¿cuál es la diana a la que apuntan estos prolegómenos?  A «la Gracia del Arte del Humor». Para dirigir bien los dardos de nuestras reflexiones y no desviarnos demasiado, ante todo, respetemos el diccionario y veamos el significado de las palabras clave que aquí estamos empleando.

La primera palabra a tener en cuenta es la palabra «Gracia». Entre los diferentes sinónimos que esclarecen la significación de este término, aparecen los siguientes vocablos que aquí nos interesa destacar:  humor, gracejo, donaire, chiste, simpatía, cordialidad, afabilidad, soltura, desenvoltura, disposición, favor, don, regalo, absolución…

Tenemos ya un amplio abanico de matices con el que deleitarnos. Permítasenos el atrevimiento casi religioso de acercarnos, desde una mirada laica, al significado bíblico de la palabra «gracia», asociada al concepto de favor o bondad, mayormente cuando no ha sido merecida o ganada, especialmente para los «pecadores» (dediquemos aquí un homenaje a Chiquito de la Calzada), y puntualicemos que la palabra «gracia» se usa como cortesía hacia una persona o hacia el mismo Dios, y en ese concepto hay humildad por parte de quien la recibe y un favor gratuito por parte del dador.

En cuanto a la segunda clave a considerar, la hallamos en la palabra «Arte», acerca de la cual ya hicimos una primera aproximación en la introducción y sobre la que ahora puntualizaremos que el principal aporte del parnasianismo fue contemplar el arte por el arte en sí, no persiguiendo ninguna utilidad sino tan solo expresar la belleza y la perfección del Arte en sí mismo.

Y, por último, la tercera clave nos la brinda aquí la palabra «Humor» (del latín «humor, humoris»), que propiamente significa «líquido, humedad», especialmente el agua, y sobre todo, aquella que rezuma de la tierra (esa tierra que tanto en latín como en español es «humus»). A este propósito deseo recordar también el significado bíblico del agua como fuente de vida, claridad y transparencia. El agua es origen de lo que viene y ha de ser. El agua, en las fuentes bíblicas, tiene un significado muy arraigado con el origen de la vida misma y podemos asociarla a la pureza en el sentido más originario, a esa agua originada en las nieves de las más altas cumbres, que se va filtrando naturalmente a través de la roca, resultando una agua fontanal, una agua manantial, una «Agua de Vida Eterna».

¿Cuál es una de las posibles conclusiones a las que nos conduce «la Gracia del Arte del Humor»?  Que aprender del humor es aprender de la adaptabilidad gozosa del agua. Aporten ustedes otras conclusiones, fruto de su observación y meditación.

RAFAEL UBAL. Psicólogo, risoterapeuta, miembro de la Academia del Humor y Patarca Universal. Autor de los libros ‘El libro de Buen Humor’ y ‘El poético patarca patético’, entre otros. http://www.donantesderisas.org

 

El poder de escribir

EL DESPERTAR DEL BÚHO, sección dedicada a artículos de opinión de la Asociación Escritores en Rivas en la revista Covibar. https://www.covibar.es/  Mes abril nº 306  Página: 34

EL PODER DE ESCRIBIR

Alejandro Romera

Recuerdo un niño de nueve años fantaseando con vivir aventuras junto a piratas y extraterrestres. Recuerdo también a un adolescente viviendo el amor y el desamor como si del último día de su vida se tratara. Quizá también, si hiciera el esfuerzo, podría recordar a un veinteañero con ganas de cambiar el mundo y luchar por las injusticias. O a un hombre ya entrado en la edad madura conociendo el significado de la paternidad desde su óptica más hermosa, pero también la más oscura. Y me pregunto qué habría sido de todas esas personas sin la escritura, sin la necesidad de sentarse frente al ordenador y dar rienda suelta a todo lo que les corría por dentro, sin la calma que les proporcionaba un bolígrafo en sus manos. Me pregunto qué habría sido de ellos sin esa herramienta tan poderosa, sin esa vía de escape.

En estos tiempos en los que la salud mental por fin comienza a ser considerada y respetada, la literatura se abre quizá como uno de los caminos con más potencial para ayudarnos en un proceso que todos recorremos.

Escribir –o leer– es uno de los modos más auténticos que tenemos de calzarnos otros zapatos y obligar a nuestra mente a hacer casi todo el trabajo. Todas las imágenes se construyen en nuestra cabeza a partir de las palabras del autor, no nos las dan hechas, y quizá por eso haya más implicación en un lector que en un espectador en televisión. Y es que, al meternos en otra piel, entendemos la vida y nos entendemos a nosotros mismos. Ya sea como lectores o como escritores, la capacidad de la literatura para abrir nuestra mente es infinita.

No son pocos los autores famosos que sufrieron trastornos mentales de algún tipo. Virginia Wolf acabó suicidándose tras una vida combatiendo la depresión, Ernest Hemingway escogió el camino del alcohol para aliviar sus fantasmas y a Franz Kafka la depresión y la ansiedad social lo acompañaron toda su vida. Son solo tres ejemplos de una larga lista.

¿Cómo influyó la escritura en los procesos que vivieron? ¿Fue una ayuda o más bien una carga? ¿O tal vez las dos cosas? ¿Apareció la escritura como un refugio para poder volar lejos de su realidad y vivir otras vidas?

La salud mental es un tema que está poco a poco dejando de ser un tabú. A nuestro alrededor, lo que antes era oscuridad ahora se plantea de un modo más abierto, y no son pocas las personas que reconocen recibir ayuda de un psicólogo sin ninguna vergüenza, algo impensable hasta hace pocos años cuando asistir a terapia era equivalente a estar loco. La salud mental, uno de los pilares de cualquier persona, va poco a poco tomando la importancia y la naturalidad que merece.

La escritura es una herramienta cada vez más utilizada por los profesionales de la psicología. El poeta Ángel González decía que sus textos son de algún modo resultado de sesiones terapéuticas en las que él es médico y paciente al mismo tiempo. Sea utilizada deliberadamente con fines terapéuticos o no, la escritura tiene un gran poder. Como una forma de entender mejor el mundo, como un grito de desahogo, un medio para hablar con los que no están, con los que no escuchan, como una reivindicación sobre algo que nos remueve o por el simple disfrute de crear.

Miro atrás y no recuerdo cuando empecé a escribir. Llevo haciéndolo desde que tengo uso de razón –quizá antes– y, en cada etapa, la escritura me ha acompañado de un modo u otro. No sé cómo habría discurrido mi vida sin ella. Lo que sé es que, sin duda, hoy sería otra persona.

ALEJANDRO ROMERA, escritor e ingeniero de Telecomunicaciones es autor de los libros de relatos Kichay y Miedos, entre otros.

 

Mito y Literatura

EN LÍNEA RECTA, sección con artículos de opinión de la Asociación Escritores en Rivas en la revista RIVAS ACTUAL. https://www.rivasactual.com/mito-y-literatura/

MITO y LITERATURA

José Pons

 El mito coloca la «palabra» en el origen de todo.

«En el Principio fue el Verbo»: así lo afirma el libro de más de una religión. «Hágase la luz» y «la luz se hizo»… y todo lo demás que el Génesis relata.

No voy a aventurar hipótesis referidas al momento anterior a la creación, porque me creeréis si os digo que yo no estaba allí para poder tener el más mínimo indicio de lo que ocurrió en aquel ¿instante? –¿cómo llamarlo, si el tiempo no existía?

Así pues, no puedo «afirmar»: «El origen fue la palabra».

Sin embargo, sí puedo, mediante un viaje con la imaginación, retroceder a los primeros pasos del ser humano, y, tras observarlo, concluir gracias a la lógica, que el «Verbo» –perdón: la palabra– le es innata.

Sobran mitos que lo «revelen».

Me basta con ver –como estoy haciendo ahora, que he viajado hasta él– a uno de esos seres humanos inmerso en la inefable y sobrecogedora belleza inicial de la naturaleza, pero también pavorosa e incierta, oscura e incógnita, misteriosa y temible, para saber que, de manera instintiva y/o emocional, no podía hacer otra cosa que expresar su asombro o su miedo. ¿Cómo? Mediante la Palabra. Y eso se llama Poesía.

Los puntillosos, a lo que denomino palabra, lo tachan de simple gruñido, pero siempre –arguyo yo– manifestación de queja, lamento, sorpresa, asombro… Y eso, insisto, tiene un nombre: Poesía, en tanto que expresión de sentimientos, emociones, sensaciones.

Y ahora, en mi estancia en ese pasado, le veo contemplar el misterioso crepúsculo o el rumor armonioso de las aguas en el manantial o aterrarse ante la violenta destrucción de la riada; o huir, empavorecido, del estallido del trueno y del fuego del rayo o del animal que lo ataca. Va buscando, ya conmovido por la belleza, ya aterrado por la violencia y lo desconocido, el refugio de sus congéneres para comunicarles su vivencia y reflexionar, cuestionar, responder, intercambiar métodos para conjurar el peligro, buscar soluciones, en evitación de males para el grupo. O para celebrar la belleza.

Ese intercambio de palabras tiene un nombre: diálogo. Teatro.

Y, ahora, ya más sereno, dominada la situación y con la reflexión de lo aprendido, al anochecer, está en torno al fuego, entreteniendo, orgulloso, a los suyos con el relato de sus heroicos actos. Y los que escuchan, sobre todo los más jóvenes, toman buena nota de las proezas, mientras aprenden los peligros de los que hay que apartarse y las situaciones que, por conmovedoras, hay que propiciar y frecuentar.

Y eso también tiene un nombre: relato. Narración.

Como los mitos son para contarlos –que no para creerlos–, yo os cuento mi particular mito:

En el Ser Humano está la Poesía: sentimiento, emoción, sensación.

En el Ser Humano está el Teatro: intercambio mutuo de ideas, soluciones.

En el Ser Humano está la Narración: compartir experiencia. Escuchar. Aprender.

Pero arreciaron convencionalismos, proscripciones, persecuciones, prejuicios, panfletarismos… ¡y el Mercado! e impusieron su ideología estética a la Palabra.

Pero –mi mito insiste– en el principio fue la Poesía, el Teatro, la Narración.

¡Para sentir más!

¡Para dialogar más!

¡Para escuchar más!…

¡Para ser más Humano!

 

JOSÉ PONS es dramaturgo, actor y novelista. Entre sus obras destacan Omo y Crónica de la indiferencia (teatro) y Diario de un superviviente de la crisis (novela).

http://josepons.net